La “revolucionareidad”

4 09 2009

Así se refirió Álvaro Gómez Hurtado a la situación latinoamericana, a la siempre y presente revolución que nunca acaba; amorfa y sin propósitos, “La revolucionareidad”.

Hispanoamérica se independiza de la corona española, pero a la vez rompe y se avergüenza de su pasado. Piensa entonces en escapar de su pasado mandando al lastre  todo lazo “español”. Se avergüenza de lo que realmente le pertenece, de donde proviene. Por tanto, la historiografía se pone en función de la recuperación de un pasado lejano, un pasado remoto que no tiene ya conexión con él. La búsqueda empieza por encontrar las “raíces”, cuando sus raíces en realidad provienen del supuesto, tormentoso y anacrónico viejo mundo. El indigenismo es entonces la respuesta, el retorno a esa tierra olvidada, a esa añoranza de un pasado que fue mejor. Luz – oscuridad – luz, así se percibe ahora. La luz primera, en que se encontraban los indios recién descubiertos, que se encontraban imbuidos en una geografía y una selva indómita, impenetrable, puestos allí en el casi anacronismo de una tierra que bien podría parecer del paleolítico, quizá por ello o no, carecieron de mayor progreso material, así muchos estudiosos hasta la saciedad traten lo contrario, con relatos “heroicos” de nuestros antepasados indígenas, la raza “cosmica”.

El progreso indígena es y fue tan bajo que muchos de esos grupos y pueblos, ni siquiera dejaron un registro de su historia, carecían de escritura, no existían palabras en sus lenguas como “alma” o “ser”, y de otros ni siquiera existe mas que el recuerdo de algunos pocos vestigios.

Pero luego viene la oscuridad, la Conquista, sin embargo es allí, cuando empieza la historia del continente, no antes. El Descubrimiento es nuestro único lazo, el resto es un “mestizaje” incompleto, de esto da cuenta Álvaro Gómez en su libro la Revolución en América, lo detalla con sumo detalle. Pero claro esta, llega de nuevo la luz, llega la vida republicana que se forma después de la Independencia, con ello entonces la revolución, que no para, “la revolucionareidad” hecha historia, en palabras de Álvaro Gómez. Tal situación conlleva a la incesante búsqueda de lo “nuevo”, lo diferente, el “cambio”. Nada sirve porque todo lo pasado ha de ser avergonzante, todo hay que transformarlo.

No existió una contrarrevolución, una corriente que tomara lo mejor del pasado para implantarlo en el nuevo régimen republicano. Quizá por eso el cambio no para, por eso, la revolución vive entre nosotros todo el tiempo, nos acostumbramos a sus figuras, a sus planes, sus frases, a sus desconocidas intenciones. Tarde Simón Bolivar se dio cuenta del monstruo bicéfalo que se habia creado. A doscientos  años de la independencia la revolución no para, aun no para.

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